domingo, 17 de enero de 2010

LA FIEBRE DEL COLTÁN: EL IMPERIALISMO CONTINÚA


Coltán, materia prima para nuevas tecnologías


- En las provincias del este de Congo Kinshasa se encuentra el 80 % de las reservas mundiales de coltan. Allí han puesto sus ojos las grandes multinacionales, en un fenómeno que la misma Madeleine Albright denominó como “la primera guerra mundial africana”.
El Imperialismo es un concepto pasado de moda para la mayor parte de los historiadores profesionales. Se lo puede o no reconocer vigente cuando se discute “política” actual, pero son muy pocas las veces que oímos hablar “de él” en las discusiones académicas. Claro que su aceptación o rechazo, su vigencia o su reemplazo, dependen del significado que se le otorgue, y dependen, en especial de la perspectiva política (reconocida o no) del que escribe, pero en general parece ser considerada una categoría “política” o anacrónica, sin demasiada importancia para los que estudiamos historia.

Sin embargo desde nuestra perspectiva, la historia que aquí esbozamos no puede ser aprehendida en sus rasgos más importantes si no retomamos la conceptualización que hiciera Lenin a principios del Siglo XX, y que no muchos otros desarrollaran y especificaran para épocas diferentes y países del tercer mundo. Además queremos dejar en claro, en una polémica que se cierne sobre nuestras cabezas mediáticas, que el contenido que el propio Lenin dio al concepto (más bien deberíamos decir el entramado conceptual) es originaria y esencialmente distinto de los significados predominantes hoy sobre el Imperialismo, muy cercanos, quizás a las desventuras de nuestro sentido común, guiado por la simplicidad y la ideología reproductora del orden. De otra manera, recuperamos las coordenadas básicas de la conceptualización leninista para ponerla en el terreno de la lucha por la construcción (que es permanente) de nuestro sentido común, sobretodo en lo que hace a la dilucidación de lo que constituyen los rasgos más significativos del capitalismo hoy, “pues sin si estudio será imposible valorar y comprender la política actual”.

Haremos desde aquí un sintético viaje al Africa Central. Y ustedes dirán, ¿en busca del Imperialismo? No, no, no. Iremos buscando el coltan, o si se prefiere, el colombio-tántalo. Lenin, por supuesto, no sabía de la existencia de este mineral de tan grandes propiedades...mercantiles. El coltan es la conjunción de dos minerales considerados materias primas estratégicas para el desarrollo de las nuevas tecnologías.

De acuerdo a lo que parecen ser propiedades fisico-químicas “mágicas”, este mineral es fundamental para las industrias de aparatos electrónicos, centrales atómicas y espaciales, misiles balísticos, video juegos, aparatos de diagnóstico médico no invasivos, trenes sin ruedas (magnéticos), fibra óptica, etc.. Sin embargo el 60 % de su producción se destina a la elaboración de los condensadores y otras partes de los teléfonos celulares. El coltan permite que uno de los sueños occidentales se haga realidad, con él las baterías de los minicelulares de bolsillo mantienen por más tiempo su carga, ya que los microchips de nueva generación que con él se elaboran optimizan el consumo de corriente eléctrica. Después de ser usado en un principio para los filamentos de las “lamparitas”, luego fue reemplazado en esta función por el más barato y accesible tugsteno, y parecía condenado al olvido.

Sin embargo en las últimas décadas el valor volvió a preñar al coltan, volvió a darle vivacidad, a convertirlo en mercancía. Mucho más cuando se produjo el boom comercial de los teléfonos móviles que en número de 500.000 inundaron el mercado en el 2000. Desde unos años antes, sin embargo, el colombio-tantalio que era extraído en Brasil, Australia y Tailandia había empezado a escasear. La japonesa Sony, por ejemplo, tuvo que aplazar el lanzamiento de la segunda versión del juguete preferido de los niños occidentales, el Play Station, debido a este incordio. El gran aumento de la demanda ha hecho establecer un mercado ilegal paralelo en el Africa central. Nótese el resultado de esta nueva “fuerza del mercado”: 3 millones de muertos en cuatro años. Veamos.

Para muchos países africanos, a finales del siglo XX, la devaluación de los productos agrícolas, y la desertificación, provocaron una fuerte revalorización de sus recursos mineros, nueva fase del errante camino para relacionarse con el mercado internacional. En las provincias del este de la República Democrática del Congo (RDC, Zaire), consideradas por la UNESCO reservas ecológicas de gran importancia, se encuentra el 80 % de las reservas mundiales de coltan. Allí han puesto sus ojos, sobretodo en los últimos diez años, las grandes multinacionales: Nokia, Ericsonn, Siemens, Sony, Bayer, Intel, Hitachi, IBM y muchas otras. Se han formado en la zona toda una serie de empresas (muchas de ellas “fantasmas”) asociadas entre los grandes capitales transnacionales, los gobiernos locales y las fuerzas militares (estatales o “guerrilleras”) para la extracción del coltan y de otros minerales como el cobre, el oro y los diamantes industriales. Las grandes marcas comenzaron la disputa por el control de la región a través de sus aliados autóctonos, en un fenómeno que la misma Madeleine Albright llamó “la primera guerra mundial africana”.

En 1997 fue derrocado el presidente congoleño Mobutu Sese Seko, de estrecha relación con los capitales imperialistas de origen francés. Kagame (sic), actual presidente de Ruanda, quién estudió en centros militares de EE.UU. e Inglaterra, y Museveni, presidente de Uganda, país considerado por Washington, un ejemplo para las naciones africanas, lideraron la conquista de la capital de la RDC, Kinshasa, y pusieron a cargo de este país a un amigo, Laurent Kabila. En un nuevo reparto se dispusieron concesiones mineras para empresas varias entre las cuales figuran la Barrick Gold Corporation, de Canadá, la American Mineral Fields (en la que Bush padre tenía intereses) y la surafricana Anglo-American Corporation, todo ello en desmedro de las antiguas “concesionarias” francesas.

En los años transcurridos hasta hoy han disputado la guerra dos bandos no demasiado estrictos. Ruanda, Uganda y Burundi, apoyados por los EE.UU., solventados por créditos del FMI y el Banco Mundial, y ligados a varias milicias “rebeldes” con nombres exóticos (Movimiento de Liberación del Congo, Coalición Congoleña para la democracia), por un lado, y la RDC (liderada por uno de los hijos de Kabila, luego de que su padre fuese asesinado por ruandeses), Angola, Namibia, Zimbabue y Chad y las milicias (hutus y maji-maji) correspondientes, por otro. En 1999 se establecieron las líneas divisorias entre las fuerzas opuestas, en el Acuerdo de Lusaka, una suerte (siempre provisional) de reparto del territorio, a la usanza de la Conferencia de Berlín de 1885, donde las potencias europeas se distribuyeron el continente para facilitar el saqueo y explotación . Una de las posibilidades futuras es, entonces, la partición de la RDC.

Si todas estas naciones se disputan el control del territorio, desde otra perspectiva son las propias corporaciones las que están repartiéndose la zona. Se han creado distintas empresas mixtas con este fin, la más importante de las cuáles es la SOMIGL (Sociedad Minera de los Grandes Lagos) que está integrada por tres sociedades: la Africom (belga), la Promeco (ruandesa) y la Cogecom (surafricana). Todas las licencias para la compra-venta del coltan fueron suprimidas a fines del 2000. Las fuerzas militares ruandesas ligadas a la SOMIGL han logrado de esta manera evitar el “gasto” de intermediarios, controlan monopólicamente la comercialización del coltan. Sus camiones y helicópteros hacen el traslado interno. Poseen, por supuesto, sus propias compañías de transporte que son propiedad de parientes cercanos a los presidentes de Ruanda y Uganda. Utilizan los aeropuertos de Kigali y Entebe entre otros. En estas verdaderas zonas militares las compañías aéreas privadas (una de las cuales - Sabena - de origen belga, está asociada a American Airlines) ingresan armas y se llevan minerales.

La mayor parte del coltan extraído (luego de ser acumulado hasta subir los precios) tiene como destino los EE.UU., Alemania, Bélgica y Kazajstán. La filial de Bayer, Starck, es la productora del 50% del tantalio en polvo a nivel mundial. Con el tráfico y la elaboración están vinculadas decenas de empresas, con participación en grandes corporaciones monopólicas de diversos países. Naturalmente “una entidad financiera, creada en 1996 con sede en la capital de Ruanda - Kigali - , el Banco de Comercio, Desarrollo e Industria (sic, BCDI) y que ejerce de corresponsal del CITIBANK en la zona , mueve fuertes sumas de dinero procedente de las operaciones relacionadas con coltan, oro y diamantes” .

Es de nuestro interés destacar cómo, para este negocio, se relacionan estrechamente los grandes capitales monopólicos de las grandes potencias con los poderes y capitales locales, a través de las formas típicas del capital imperialista : las asociaciones monopolistas de comercio, industria y bancos (organizadas a través del mecanismo de la participación, que ya destacara el propio Lenin) y la vinculación entre empresas privadas, estados y familiares del gobierno . No se trata de malas personas y gobernantes corruptos, estamos ante los mecanismos arquetípicos del imperialismo. Véase un ejemplo: “ Eagle Wings Resources (EWR) es una joint-venture (empresa d


"Primera Guerra Mundial Africana"

© afrol News

e riego compartido) entre la americana Trinitech y la holandesa Chemi Pharmacie Holland.

El representante local de EWR en la capital de Ruanda es Alfred Rwigema, el cuñado del presidente Paul Kagame. La ONU acusa al presidente ruandés de jugar un papel motor en la explotación de los recursos naturales de la RDC”.

Las grandes empresas financian, por supuesto, a las distintas fuerzas militares, que montadas en los preexistentes conflictos interétnicos, sostienen una guerra por el control de las minas, en la que en los últimos cuatro años han muerto entre 2,5 y 3 millones de personas. Ruanda y Uganda han diseminado unos 40.000 soldados, que cuentan con los mejores equipos, en los Parques Nacionales de la RDC, donde se hallan las reservas. Según el mismo Kofi Annan ha declarado: “la guerra del Congo se libra por el control de sus riquezas naturales”. En un informe del IPIS (investigación del Servicio de información para la Paz internacional independiente) se demuestra que las sociedades europeas y norteamericanas que comercian con el coltan contribuyen a la financiación de la guerra. Tienen un gran interés en que continúe la “inseguridad” para permanecer en el Congo a través de las tropas guerrilleras.

En las minas aluvionales trabajan diariamente más de 20.000 mineros, bajo un sistema represivo organizado por las fuerzas militares y los poderes locales - de los dos bandos en disputa. Estas pagan a los trabajadores unos diez dólares por kilo de coltan (que en el mercado de Londres cotiza alrededor de 250-300 dólares) y exigen además a estos para “permitirles” trabajar que se pongan con una cucharada diaria del mágico mineral, especie de tributo en especie, con el que recaudan alrededor de un millón de dólares mensuales.

La fuerza de trabajo aquí utilizada está compuesta fundamentalmente por ex campesinos y ganaderos (luego de que se devaluara la producción agrícola congoleña para la exportación - algodón y otros productos), que se alejan por largos períodos de sus comunidades y familias, refugiados, prisioneros de guerra (sobretodo hutus) a los que se les promete una reducción de la condena, además de miles de niños de la región, cuyos cuerpos pequeños pueden fácilmente adentrarse en las minas a ras de tierra. El reclutamiento de esta mano de obra opera en una doble dimensión, mercantil y coercitiva, en un doble mercado de trabajo. Las zonas mineras y las zonas de operación militar terminan por confundirse. Las migraciones frecuentes desde otras regiones hambreadas (entre 5 000 y 10 000 personas por año) son, muchas veces, definitivas, si observamos el número de muertos. Las poblaciones vecinas reclutadas a trabajar y trasladadas por la fuerza, sirven de cantera de mano de obra para esta empresa capitalista; hostigadas por grupos armados han abandonado sus residencias o se han convertido en mineros. Estos trabajadores rescatan coltan de sol a sol, y duermen y se alimentan en la selva montañosa de la zona. Se reproducen en las comunidades y en la selva por sus propios medios, alimentándose elefantes y gorilas autóctonos, mientras las guerrillas comercializan cueros y marfil.

En otros términos: el capital, por lo tanto, no se encarga de la totalidad de la reproducción de esta fuerza de trabajo, que además de aportar en la producción de plusvalía (del coltan), aporta una especie de renta en trabajo metamorfoseada. Superexplotación: los mineros dan valor al coltán con su trabajo, pagan un tributo al estado local y además trabajan para conseguir los medios de supervivencia, alimento y refugio. Superbeneficio para el capital invertido que obtiene tasas de ganancia exorbitantes, realizadas con el sustento indispensable de la represión y el trabajo forzado. Como es tradicional en África, el racismo, la xenofobia y la ideología discriminatoria en general, son esenciales para el funcionamiento de este doble mercado de trabajo (asalariado y forzado - no libre). Aquí se monta específicamente en los conflictos interétnicos: son reclutados en especial los pigmeos y los hutus.

El capital imperialista que desde siempre (sobretodo desde la colonización de África a fines del siglo XIX) contó con el poder local, sostenido “consuetudinariamente”, para la provisión y reproducción de mano de obra barata, encuentra a través de los mecanismos descriptos, una forma de su “actualización” (neocolonización dicen algunos). El trabajo forzado fue abolido por ley luego de la independencia, en la mayoría de los países africanos, pero como está sostenido en las particulares relaciones de poder consuetudinario de obediencia al jefe local, continua existiendo. Salongo lo llaman en el Congo actual. Los funcionarios de los estados locales asumieron históricamente, por supuesto, funciones de policía. Cuando los campesinos o los niños no acuden a las minas por el simple atractivo de los dólares, allí está la compulsión estatal-policial como forma alternativa de reclutamiento. Mercado y fuerza no son aquí contradictorios.

La patronal de las grandes empresas, los gobiernos de la región y los organismos internacionales “explotando la contradicción de la superexplotación” pretenden jugar el rol de mediadores entre los semiesclavizados trabajadores y las bandas militares xenófobas. La ONU propone un embargo provisorio de la mercadería. Mientras tanto las ONGs y los ecologistas denuncian ¡la extinción de los monos! En lo que constituye un sentimiento humanista maravilloso, titulan: “Los teléfonos celulares agravan la situación de los gorilas del Congo”. Y quieren que las mismas empresas que acumulan su capital aquí a sangre y fuego ¡inviertan en proyectos de ayuda para el tercer mundo!. En Angola y en Sierra Leona el tráfico de diamantes financia y necesita de una guerra muy similar desde hace años. Hace unos meses, el 30/7 de este año se celebró una fantochada de acuerdo de Paz entre Kagame y Kabila. ¿Quién fue el intermediario? El vicepresidente de Sudáfrica, país capitalista de primer orden, de donde provienen muchos de los capitales que explotan las minas congoleñas. Se regularán quizás, es decir, se legalizarán, las relaciones de explotación. Pero la masacre continua.

Guerra múltiple (económica, civil, interétnica, regional pero también solapadamente interimperialista o intraimperio como dirían algunos) y saqueo sistemático, nos hablan de un proceso de expoliación y proletarización (muchos no han conservado ni siquiera la vida), de acumulación primitiva de capital, continuamente renovada, que asume formas específicas en los países del tercer mundo: trabajo forzado, reclutamiento, endeudamiento, doble mercado de trabajo, propiedad de la tierra de hecho garantizada por las fuerzas armadas. Las multinacionales no han necesitado aquí muchos planes de modernización, se benefician de la fuerza de trabajo casi gratuita, un ejército industrial de reserva que vive en una pauperización absoluta en muchos casos. Esto, como es evidente, limita las posibilidades de desarrollo de un mercado interno y de una burguesía industrial local. Sólo quedan para ésta el control del comercio ilegal de armas y materias primas. La llamada transferencia de valor de la periferia hacia el centro significa que de la totalidad de la plusvalía producida en estos países, a costa de millones de muertos, las grandes multinacionales, acaparan la mayor parte, justificadamente de acuerdo a la concentración de sus capitales.

“Las crecientes necesidades de la industria tecnológica del mundo han creado graves conflictos en los países menos desarrollados” nos dice el rotativo canadiense The Industry Standart, en un comentario que es aplicable a cualquier época por lo menos desde el siglo XIX. Los países capitalistas periféricos reciben en el reparto mundial funciones específicas en beneficio de los grandes capitales monopólicos . La tasa de ganancia media se regula a nivel del Mercado Mundial, y para cada época, depende en especial de las ramas industriales de punta, que funcionan como motor de la acumulación del resto. Hoy el coltán es fundamental para que muchas de estas industrias “de punta” rindan sus frutos. En este sentido la explotación de las minas africanas, que el mismo Pentágono considera estratégicas, son fundamentales para la reproducción del capital imperialista globalmente considerado. Esta forma monopólica del capital, que en una lectura atenta del libro de Lenin, constituye el rasgo más importante en la definición del Imperialismo, organiza en la República Democrática del Congo y en muchos otros países, militar, política y económicamente, la vida de las masas proletarias de ayer y de hoy. Aquí reside, a nuestro entender, la clave de la actualidad y la pertinencia del concepto. El imperialismo es fundamentalmente una forma específica de organización de la producción y reproducción del capital y del trabajo, y no tanto la hegemonía de una nación sobre otras. Necesita en este sentido del Estado (de los estados) más allá de si estos asumen o no rasgos nacionales.

Sobre la tumba de los 2000 niños y campesinos africanos que mueren por día en el Congo, podemos, distraídos, seguir usando nuestros celulares.


© afrol News / Ramiro de Altube

http://www.afrol.com/es/features/13258

MEDIOS DE COMUNICACIÓN.. OFENSIVA MACABRA DE LA OLIGARQUÍA MEDIÁTICA

Escrito por Fernando Buen Abad Domínguez (CMI Fundación Federico Engels Rebelión)
Semiótica de la muerte y la “narcocultura” en los mass media y la farándula informativa

Armarse hasta los dientes también con mass media

Con el pretexto, nada inocente, de “informar” sobre la “guerra contra el narcotráfico”, y la “inseguridad”, que azuelan rentablemente a los pueblos latinoamericanos, las televisoras de las oligarquías se solazan, sin empacho, entre baños de sangre y espectáculos de cadáveres. Todos narran idéntico su placer, nada oculto, por exhibir víctimas ensangrentadas a destajo y para levantar las banderas de sus moralejas militaristas y represivas. Todos anhelan liderar el paraíso alienante en el que, a punta de pavor mediático, se justifique cualquier alianza, cualquier invasión, cualquier violación de los derechos humanos con el pretexto de luchar contra el “crimen organizado”. En décadas de saliva, gastos descomunales y muertes a mansalva, los resultados son paupérrimos. Hoy su “Alma Mater” son las bases militares yanquis en Colombia.


Todos, los burgueses, quieren más presupuestos y más “fuerzas del orden”, todos quieren más “asesores” extranjeros, más aplausos monetarios de la DEA y más presencia militar en las calles. Para eso han creado el monstruo mass media insaciable que, a mañana, tarde y noche, exhibe sin control escenas inenarrables de barbarie y desmoralización social. ¿Quién los frena? ¿Quién regula u ordena su discurso? ¿Quién pone por encima de este negocio macabro la salud mental de los pueblos, la integridad emocional de los niños, la salud colectiva de los imaginarios sociales? ¿Acaso el neoliberalismo mass media?

Esta forma del “Terrorismo Mediático”, envuelto en túnicas legalistas, oscila sus ambigüedades simbólicas entre la urgencia de control efectivo y contundente (que sólo los pueblos deben ejercer) y la tarea ideológica burguesa que camufla con filantropía de mercenarios su ofensiva de miedo contra el malestar social. Y entonces todo son excesos de obscenidad y pornografía “noticiosa”. Todo es exceso, demasiados militares de espalda a sus pueblos, demasiados operativos, demasiados crímenes en las pantallas, las radios y los periódicos del las oligarquías. Y aun así, ineficiencia, incapacidad e inoperancia. El crimen crece y se vuelve espectáculo... y se vuelve negocio, los anunciantes apuestan al raiting de la sangre.

“Censura” gritan las oligarquías mediáticas cada vez que uno exige medidas jurídicas, culturales o políticas para democratizar los medios y frenar sus abusos. Violación de la “Libertad de Expresión” proclaman los negociantes burgueses de los “mass media”, cada vez que uno exige que cumplan con su “Responsabilidad Social” y cesen en su ofensiva patológica contra la sensibilidad de los destinatarios. “Acoso”, patalean los lebreles de la “información” cada vez que uno se niega a seguir siendo esclavo o rehén de sus demagogias “periodísticas”. Los delincuentes de la cultura de masas capitalista, armados con cámaras y micrófonos, se hacen pasar por víctimas toda vez que el hastío y el asco social se torna en denuncia contra sus latifundios de impunidad. No dejaremos de insistir.

Luego de meses y años de ensayar su fórmula macabra de exhibicionismo criminal los mass media se han vuelto cómplices de la “cultura del narco”. Y los estragos atemorizantes (por señalar sólo lo menos) dejan huellas que son de suyo objetos de estudio y frentes de lucha social nuevos. Es imposible ser indiferentes. Los efectos de la “narcocultura” son realmente preocupantes, la burguesía mass media lucra de manera chantajista con el miedo real de la población.. Tal lucro mediatizado es un síntoma visible de descomposición capitalista. Todos los días, a todas horas se exhiben escenas de asesinatos, secuestros, extorsiones, robos y episodios de personas decapitadas y tal espectáculo de real barbarie son consecuencia de un sistema que produce pobreza, crisis de salud pública, educación paupérrima y corrupta, carencia de vivienda y destrucción del empleo. Y por colmo sistema económico y social que genera criminales disfrazados de empresarios y multimillonarios cómplices del saqueo y la explotación. El capitalismo sangriento que obliga a la población a convivir desaforadamente con la industria del narco desde su producción, distribución, consumo y consecuencias asesinas.

Tal es la base material del “crimen organizado” que cierra posibilidades a miles y miles de personas inocentes que, de un modo u otro, son víctimas del consumo y del acarreo, y además, pagan con sangre su situación de rehenes mientras por los bancos circulan las millonadas que tocan a gobiernos, ejércitos, policías y mass media. Quien intente probarlo es cadáver de inmediato con espacio televisivo asegurado. Circo redondo. El fondo real del asunto es usar los llamados medios de comunicación para endurecer las políticas represivas, la política de silenciar a los pueblos, amedrentarlos y hacerlos causa primera y última de más inversiones para militarizar a los países. Endurecer la represión contra el movimiento obrero

La clase obrera es mucho más poderosa

Los mass media como herramienta de la burguesía sostienen una guerra simbólica que legitima a la industria del narco y que saca dividendos convertidos en armas represoras de todo tipo, incluso mediáticas. Es necesaria una dirección marxista contra los latifundios semióticos, con base en el movimiento obrero, para tomara el poder de los mass media y derrotar la ofensiva burguesa alienante y militarizada. Cada vez esta más claro el problema de seguridad nacional que comporta la alianza mass media y barbarie. Cada vez esta más clara la necesidad de discutir y combatir continentalmente la concentración monopólica de herramientas mediáticas para descarrilar la voluntad democrática de nuestros pueblos. Cada vez esta más clara la urgencia de una Cumbre Latinoamericana en materia de Comunicación y las tareas de una Corriente Internacional de la Comunicación hacia el Socialismo. Tenemos enfrente la Guerra de IV generación y el pretexto burgués de la lucha contra el narco para armarse hasta los dientes contra las revoluciones nacientes. Eso no lo dicen en la “tele”... los trabajadores lo saben.

http://colombia.elmilitante.org/colombia/politica-nacional/108-medios-de-comunicacionofensiva-macabra-de-la-oligarquia-mediatica.html

LOS COSTOS DEL CALENTAMIENTO GLOBAL


Debido a la sequía que afectó las últimas campañas agrícolas, fenómeno que para los entendidos es una consecuencia del calentamiento global, Argentina tuvo una pérdida económica equivalente a 20 mil millones de dólares. Pero el dato revelado por un reciente informe del Banco Mundial es sólo un ejemplo menor del castigo que la alteración de la naturaleza está infligiendo a Latinoamérica, donde se concentra un tercio de las catástrofes naturales, que cada año se cobran no menos de 150 mil muertos. Sobre esta cuestión intentaron llamar la atención ayer especialistas de la Agencia para la Salud de Naciones Unidas en el Centro de Convenciones barcelonés, donde se prepara la próxima cumbre sobre Cambio Climático de Copenhague. Allí debería cerrarse un acuerdo global para mitigar la contaminación, algo que ayudaría a disminuir esas drásticas respuestas del planeta a la agresión humana. La organización católica Cáritas añadió una invocación a las naciones ricas para que el dinero que destinen a paliar los efectos de esos dramas no sea quitado del que hoy aportan para otro problema asociado: el de la pobreza. El dramatismo de los mensajes resultaba contrastante con la plácida belleza de este cálido otoño de Barcelona, ciudad del mundo rico donde todo aquel dolor pareciera estar lejos.

Los horrores que provoca una naturaleza cambiante no son patrimonio exclusivo de Asia, que recurrentemente se sacude con tsumamis o sequías pavorosas, seguidas de hambrunas. En ese escenario tiene lugar el 34 por ciento de esos fenómenos. Pero América latina está en segundo término, con un 30 por ciento de estas alteraciones, a veces expresadas como fenómenos de menor envergadura, pero igualmente dañinos. Las inundaciones o su versión opuesta, la sequía, son las dos formas en las que la agresiva corriente del Niño se expresa cada vez con más intensidad y frecuencia. Y según coinciden los especialistas, tanto la Argentina como Chile están en un lugar sensible de mapa a esos azotes.

Los números son contundentes. Según la Agencia de Naciones Unidas para Refugiados, en los últimos veinte años se duplicó la cantidad de desastres naturales y las personas que lo perdieron todo a consecuencia de ello. Y en los próximos 50 años, 250 millones de personas podrían verse obligadas a desplazamientos como consecuencia de los cambios climáticos. Hay más.

Sólo el año pasado hubo más de 300 mil muertos en el mundo por los violentos espasmos naturales, que afectan básicamente a los más pobres. Valga un dato ilustrativo: por cada una de esas muertes en un país desarrollado –donde el calentamiento global también pasa su factura, como la ola de calor intensísima que temporada atrás afectó a Europa– se producen 60 en el otro costado del mundo.

Los responsables del Programa Mundial Alimentario también reconocen en el cambio climático un “multiplicador de las amenazas de seguridad alimentaria”, fundamentalmente para el segmento más vulnerable de la población. La tierra y el agua son recursos cada vez más escasos para los pobres, que por ello requieren mayor asistencia. Y no se trata sólo de un bálsamo para Africa: de 52 millones de personas rescatadas del hambre por planes de ONU, nueve millones son latinoamericanos.

El problema tiene su dimensión económica. El mismo trabajo del Banco Mundial en el que se cuantifican las pérdidas argentinas por la sequía consigna que por cada dólar que se invierte en obras destinadas a evitar catástrofes naturales, se economizan siete dólares del costo que es necesario afrontar cuando éstas se producen. Desde este punto de vista, la inversión en infraestructura o sistemas de alerta temprana parecen ser una inversión preventiva muy redituable. Pero no siempre existe decisión política de ejecutarla, ni cuando lo que está afectado es el territorio propio.

Ayer, uno de los responsables locales de Cáritas hizo junto a los especialistas de Naciones Unidas un llamado para que los países ricos no desvíen recursos que hoy tienen asignados a la atención de la asistencia hacia el desarrollo de proyectos que se ejecuten con la intención de disminuir la emisión de carbono. Así se estaría generando el dilema de la frazada corta que, si tapa un extremo, descubre el otro.

En la jerga técnica de las negociaciones ese problema se resolvería con la “adicionalidad”. Esto significa que los países ricos deben aportar más fondos para disminuir la contaminación sin restárselos a los que ya tienen comprometidos para otros conceptos. En la Unión Europea, por ejemplo, existe la obligación de los Estados de destinar el 0,7 por ciento de su PBI a la asistencia de pobres, compromiso que no todos honraron hasta el momento y del que no deberían estar eximidos.

Un punto clave en las negociaciones de Barcelona con miras a un acuerdo que permita prorrogar o reemplazar el Protocolo de Kioto es cuánto dinero aportarán las naciones desarrolladas para ayudar al resto del planeta a adaptarse a las alteraciones del clima que ya son inevitables o para mitigar la emisión de carbono, responsable del efecto invernadero. No hay ningún acuerdo cerrado: se barajan algunas alternativas como los “entre 15 y 22 mil millones de euros” anuales que la Unión Europea estaría dispuesta a aportar en el marco de un acuerdo que se ve muy difícil.

Por Cledis Candelaresi

http://www.desdeabajo.info/index.php/actualidad/internacional/5720-los-costos-del-calentamiento-global.html

THE WAR ON DEMOCRACY

martes, 12 de enero de 2010

VIOLENCIA HACIA LA MUJER: PARTE INHERENTE DEL SISTEMA PATRIARCAL Y CAPITALISTA


La violencia hacia las mujeres es estructural, es una propiedad inherente de los sistemas patriarcal y capitalista, y es usada como una herramienta de control de la vida, cuerpo y sexualidad de las mujeres por hombres, grupos de hombres, instituciones patriarcales y Estados. A pesar de que afecta a las mujeres como grupo social, cada violencia tiene un contexto específico y tenemos que comprender cómo, cuándo y por qué ocurre la violencia hacia las mujeres.

La idea general sobre la violencia hacia las mujeres es que se trata de una situación extrema o localizada, involucrando a personas individuales. Pero ella nos toca a todas, pues todas ya tuvimos miedo, cambiamos nuestro comportamiento, limitamos nuestras opciones por la amenaza de la violencia. Otra idea es que la violencia hacia las mujeres es sólo un problema de las clases bajas y de las culturas "bárbaras". Sin embargo, también sabemos que ese tipo de violencia es transversal y que atraviesa todas las clases sociales y diferentes culturas, religiones y situaciones geopolíticas.

A pesar de ser más común en la esfera privada -como violencia doméstica, sea ésta sexual, física, psicológica o abuso sexual- la violencia hacia las mujeres y niñas ocurre también en la esfera pública, que incluye (pero no se limita a): feminicidio, acoso sexual y físico en el lugar de trabajo, diferentes formas de violación, mercantilización del cuerpo de las mujeres, tráfico de mujeres y niñas, prostitución, pornografía, esclavitud, esterilización forzada, lesbofobia, negación del aborto seguro y de las opciones reproductivas y autodeterminación , etc. El silencio, la discriminación, la impunidad, la dependencia de las mujeres en relación a los hombres y las justificaciones teóricas y psicológicas toleran y agravan la violencia hacia las mujeres.

La violencia, la amenaza o el miedo a la violencia, son utilizados para excluir a las mujeres del espacio público. Las mujeres pagan con sus vidas por trabajar en la esfera pública en lugar de quedarse en casa como lo dictamina la cultura patriarcal, por ir a la escuela o a la universidad, por "atreverse" a vivir su sexualidad abiertamente, por prostituirse a ellas mismas por falta de opciones. En un contexto de criminalización de los movimientos sociales, la represión contra mujeres activistas involucradas con la lucha muchas veces toma la forma de violencia sexual. Además, la discriminación contra las mujeres se compone por la intersección de diferentes formas de opresión: ellas son discriminadas por ser mujeres, pero también por su color de piel, lengua, raza, etnia, clase social (y situación financiera), religión, sexualidad...

La raíz de la violencia hacia las mujeres está en el sistema patriarcal y el capitalismo, que imponen una necesidad de control, apropiación y explotación del cuerpo, vida y sexualidad de las mujeres. El patriarcado funciona a través de dos principios: la noción que las mujeres son propiedad de los hombres (y por eso las mujeres estarían al servicio de los hombres y no podrían decirles que no nunca) y la división de las mujeres en dos categorías: "santas" y "putas". Como parte de ese sistema, la violencia es la punición para aquellas que no se encuadran en el papel de la "santa" buena madre y esposa. Por ejemplo, es común que los hombres justifiquen que agredieron, verbal o físicamente, a sus esposas porque la comida no estaba lista o porque la ropa que querían ponerse no estaba limpia. También es un castigo para aquellas que son consideradas "putas" y los agresores y la sociedad justifican la agresión diciendo que la mujer estaba caminando sola de noche, o porque son lesbianas y se les debe enseñar a ser heterosexuales, o porque la ropa que la mujer usaba no era decente.

Como parte de la cultura patriarcal, la masculinidad está asociada a la agresividad, y a los jóvenes se les enseña que ser violentos (y no mostrar emociones) es ser un "verdadero hombre", empujándolos -en algunos casos- a unirse a bandas sexistas o racistas. Nuevas formas de violencia con respecto a jóvenes mujeres, como asedio sexual hacia las estudiantes y violencia de grupos en las escuelas, se revelan y crecen cada día. Las mismas instauran relaciones y divisiones sexistas de papeles entre jóvenes mujeres y hombres sin que haya cualquier discusión pública sobre esos estereotipos devastadores. La noción impuesta por el patriarcado de que las mujeres son la propiedad de los hombres incluye también un aspecto económico que se expresa en la unión entre el patriarcado y el capitalismo, imponiendo una división sexual del trabajo con roles "naturales" para mujeres y hombres. De esta forma, las mujeres son caracterizadas como mano de obra muy barata siempre disponible para el cuidado de los otros y para todo el trabajo que esto implica. Así, asistimos a dos niveles de dominación de las mujeres dentro de los sistemas patriarcal y capitalista: por un lado, hay una explotación del trabajo de las mujeres y, por otro, la violencia como herramienta para mantener la dominación del hombre. Y, por lo tanto, no podemos hablar en la erradicación de la violencia hacia las mujeres sin demandar la erradicación de los sistemas patriarcal, capitalista y colonialista.

La violencia contra las mujeres y la misoginia son intensificadas en la medida en que los actores y políticas de la globalización neoliberal se afianzan en la economía. El feminicidio[1] aumenta cuando se promueven y firman acuerdos de libre comercio en las Américas (como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte - NAFTA en inglés, bajo el cual los lugares de trabajo, como las fábricas, aprovechan de la flexibilidad de las leyes laborales y ambientales): un gran número de mujeres mexicanas son asesinadas, por ejemplo, cuando cruzan la frontera con los Estados Unidos y en la propia ciudad fronteriza de Ciudad Juárez. El ataque a los derechos reproductivos y a los servicios de salud ha ido en aumento a medida que los servicios sociales se han ido privatizando o se les ha recortado el presupuesto. Cada vez más, son traficadas mujeres cada vez más jóvenes, a medida que se globaliza la industria sexual. Las mujeres son violadas en guerras desatadas en nombre de la "propagación de la libertad" y en las invasiones realizadas por potencias extranjeras (como la invasión americana a Afganistán) que se "justifican" en nombre de la defensa de los derechos de las mujeres.

¿Cómo podemos luchar contra la violencia hacia las mujeres?

En muchos países ya hay leyes y convenciones internacionales como la Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra las Mujeres (CEDAW en inglés) que "protegen" a las mujeres, pero no son suficientes, porque muchas veces ni siquiera son aplicadas en la práctica. Aún más, estas leyes y convenciones ponen el foco de la violencia en las mujeres, como si fuera nuestro problema, con el cual tenemos que lidiar, cuando -por el contrario, y como hemos visto anteriormente- necesitamos cuestionar el papel de los hombres en la violencia y denunciar el hecho de que la violencia es estructural.

Sabemos que las medidas punitivas son necesarias, pero insuficientes para erradicar la violencia; en aquellos países donde existen es difícil que lleguen a las mujeres que no pertenecen a la categoría clase media, urbana y blanca. Tenemos que exigir que nuestros Estados se hagan responsables, demandar políticas públicas para las sobrevivientes de violencias, para las mujeres y niños traficados, para los grupos minoritarios (mujeres de color, de determinada religión, etc.), para las mujeres rurales, migrantes e indígenas. Pero además, son necesarias acciones que busquen prevenir y que cohíban los actos de violencia antes de que ocurran.

Tenemos también que discutir el rol de los gobiernos y del Estado. Hoy día el Estado es simultáneamente protector y opresor, a la vez portador del interés general y defensor de los privilegios, y patriarcal y violento (contra las mujeres, pueblos indígenas, migrantes, personas de color[2]). Incluso la policía que hace cumplir muchas de las políticas que demandamos, a su vez es la misma que perpetra la violencia hacia las mujeres, reprime a los movimientos sociales y es parcial en términos sociales y raciales. Reconocemos la contradicción inherente de esta situación, pues el hecho es que, para muchas mujeres, contar con el Estado, que representa un poder exterior y superior, es la única forma que tienen para defenderse contra la violencia en sus comunidades y familias.

Por el contrario, el Estado que nosotras demandamos es aquel que promueva las libertades y derechos para todas y todos, que intervenga en la economía y que esté estructurado con formas diversificadas de democracia participativa y control ciudadano.

Las mujeres siempre han resistido, y siguen resistiendo, en el ámbito individual y colectivo. Siempre que una mujer actúa de esa forma, al desafiar o denunciar la violencia contra ella misma o mujeres de su comunidad, está rompiendo con el paradigma dominante. Necesitamos apoyar su resistencia al condenar y denunciar a los hombres que cometen violencia contra las mujeres, y confrontar públicamente a los hombres y a la sociedad sobre el tema de la violencia hacia las mujeres. También debemos denunciar la complicidad de hombres, Estados e instituciones tales como las fuerzas armadas y religiones. Necesitamos movilizar a la sociedad civil, pensar estratégicamente y promover acciones radicales para la prevención y denuncia de la violencia masculina contra las mujeres. En ese proceso, las mujeres del sector no lucrativo -que brindan servicios que son esenciales para el empoderamiento y atención de las mujeres- y movimientos locales fuertes -donde las mujeres de las comunidades son protagonistas- juegan un papel decisivo.

Nosotras de la Marcha Mundial de las Mujeres queremos generar un debate y una acción política amplia que promueva cambios en nuestras culturas patriarcales y se anticipe a la realización de la violencia, siendo verdaderamente preventiva. Ya se conoce la extensión y la intensidad de la violencia, entonces, no es necesario esperar que exista más una denuncia, sino tener ese tema en la agenda de los grupos de mujeres, en las organizaciones mixtas, en las radios comunitarias, en los periódicos y medios de comunicación de los movimientos. Para eso, creemos que el movimiento feminista debe construir una fuerte y amplia auto-organización de las mujeres luchando por la autonomía (económica, sexual, reproductiva, personal, etc.) y la autodeterminación.

Los grupos de mujeres se fortalecen a través de encuentros de diálogo, debates, manifestaciones, trabajos corporales de auto-defensa. El objetivo no es ubicar a la violencia sexista como un problema de algunas mujeres, sino fortalecernos a todas, aprendiendo y reaprendiendo a resistir, a construir y reconstruir nuestras vidas sin violencia.

Valorizamos como un paso importante en esta lucha el hecho de que movimientos sociales mixtos -que sean urbanos o rurales- se dispongan a enfrentar a la violencia contra las mujeres. Para este fin, declaramos nuestra solidaridad con la Vía Campesina en su "Campaña Mundial por el fin de la Violencia contra las Mujeres" que fue lanzada en su 5ta Conferencia Internacional realizada en Mozambique en octubre de 2008. Reconocemos la importancia de que tanto mujeres y hombres se ocupen de responsabilizar a los hombres por la violencia contra las mujeres.

Frente a la violencia hacia las mujeres, demandamos:

- La adopción de medidas que indiquen el compromiso de los diversos actores para reconocer a las mujeres como individuos y ciudadanas de pleno derecho desde la infancia. Por ejemplo: la utilización de lenguaje inclusivo en materiales didácticos, la promoción de una educación no-sexista que rompa con la división sexual e jerárquica de roles entre niños y niñas, campañas de concienciación popular y la garantía de espacios de participación política;

- El apoyo con recursos a los movimientos de mujeres y grupos de mujeres sin fines de lucro, que están al frente en el soporte de las que se recuperan de discriminaciones, abusos y violencias;

- La atribución de responsabilidad a los medios comerciales como portavoces de los sistemas patriarcal y capitalista por la continua mala representación, apropiación y abuso del cuerpo femenino;

- La prevención de la violencia hacia las mujeres y niñas por medio de actividades de sensibilización, explicitando cómo ocurre la violencia, cuáles son sus causas, y cómo se manifiesta, así como por medio del estimulo a la auto organización de las mujeres;

- La condenación del uso sistemático del cuerpo de las mujeres como arma de guerra en conflictos armados, así como el rechazo que ellas enfrentan (y los niños nacidos producto de violaciones) de parte de sus familias y comunidades, siendo culpadas por la violencia que han sufrido;

- La punición de los perpetradores de la violencia - sea en la esfera privada, sea en la esfera pública - hacia las mujeres.

Y nos comprometimos a:

§ Denunciar las distintas expresiones de la violencia patriarcal hacia las mujeres en los diversos países, como (pero no limitado a), el feminicidio, las mutilaciones genitales, el levirat - sororat[3], ‘crímenes de honor", turismo sexual, tráfico de mujeres y niñas, esterilización forzada y las situaciones de violencia vividas por las mujeres comprometidas con las luchas, las mujeres encarceladas, las lesbianas y las mujeres con discapacidades;

§ Trabajar para transferir hacia los hombres perpetradores de la violencia el estigma que actualmente recae sobre las mujeres víctimas;

§ Denunciar la mercantilización del cuerpo de las mujeres y continuar el debate sobre la prostitución, especialmente por ocasión de la Copa Mundial de Fútbol en 2010;

§ Dar visibilidad a todas las formas de resistencia de las mujeres a la violencia sexista, sobre todo en ámbito colectivo, y de esta forma romper la cultura del silencio en nuestras comunidades que rodean a esta violencia;

§ Combatir la violencia a través de acciones de sensibilización junto a movimientos sociales aliados, y campañas de educación popular que favorezcan la concienciación feminista;

§ Hacer visibles los vínculos entre las políticas patriarcales que perpetúan la violencia contra las mujeres (tales como la impunidad para los agresores, la negación de la autodeterminación reproductiva, criminalización de mujeres activistas, prohibición del aborto, etc.) y actores y políticas neoliberales. Llamar la atención sobre el feminicidio, por ejemplo, y sus vínculos con los acuerdos de libre comercio;

§ Trabajar en alianza con movimientos sociales mixtos (en los cuales hombres y mujeres participan) para garantizar la construcción de un ambiente en el cual la violencia contra las mujeres no sea aceptable (y de espacios físicos libres de violencia) como principio rector de estos movimientos.

[*Texto referente al campo de acción "Violencia hacia las mujeres", de subsidio a la preparación de la Tercera Acción Internacional de la Marcha Mundial de las Mujeres. Los textos de todos los campos de acción están disponibles en castellano, inglés y francés en el sitio de la MMM: http://www.marchemondiale.org]

Notas:

[1] El misógino y excepcionalmente brutal genocidio de mujeres, muchas veces acompañado por violencia sexual extrema e impunidad para sus agresores.
[2] Por ejemplo, en 2007, la tasa de encarcelamiento en prisiones estaduales o federales en EEUU, de hombres blancos fue de 773 sobre 100,000, de hombres negros 4,618 sobre 100,000, de hombres hispanos 1,747 sobre 100,000. La tasa de mujeres blancas es 95 sobre 100,000, de mujeres negras 348 sobre 100,000, de mujeres hispanas 146 sobre 100,000 (Sabol, William J., Couture, Heather, Bureau of Justice Statistics, Prison Inmates at Midyear 2007, Washington, DC: US Department of Justice, 2008).
[3] Casamiento forzado de una viuda con el cuñado o de un viudo con la hermana de su difunta esposa.

EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA


RUY MAURO MARINI
Economista brasileño (1932-1997). Profesor de las universidades de Brasilia; de Concepción, en Chile, y de la Nacional
Autónoma de México. Autor, entre otras muchas obras, de: Subdesarrollo y Revolución (1969); Dialéctica de la
dependencia (1973); El reformismo y la contrarrevolución: estudios sobre Chile (1976); Análisis de los mecanismos de
protección al salario en la esfera de la producción (1983); América Latina: dependência e integração (1993).
Nunca como hoy la cuestión de la democracia ocupó lugar tan destacado en las luchas políticas y sociales de
América Latina y en la reflexión que sobre ellas se ejerce. Ello se debe, sin duda, a la dura experiencia del periodo de
autoritarismo y represión del que la región apenas comienza a salir. Pero se debe también a que, tal como se presenta
entre nosotros, la idea de democracia involucra contenidos, se anexa conceptos y apunta a significados que trascienden
su definición corriente.
Está, primero, la soberanía. En América Latina, hablar de democracia implica, como supuesto necesario, plantear el
tema de su capacidad para autodeterminarse, es decir, de fijarse sus metas en libertad, atendiendo primariamente a las
exigencias de sus pueblos. Es, pues, evocar el tema de la dependencia en que se encuentra la región en el plano del
capitalismo internacional, y conduce, por ello mismo, a entender la lucha por la democracia en tanto que lucha de
liberación nacional.
Viene, después, la justicia social. Porque, en América Latina, el concepto de democracia está expresado hoy, en la
conciencia de los pueblos y en el discurso de sus dirigentes, la atención a las necesidades más urgentes, la superación
de las condiciones de superexplotación y miseria en que viven los trabajadores, la edificación de una sociedad que, al
basarse en el respeto a la voluntad de la mayoría haga de los intereses de ésta el criterio prioritario de acción. En esta
perspectiva, la lucha por la democracia es la lucha contra la dominación y explotación de los muchos por unos cuantos,
es la lucha por un orden social tendiente a la justicia y a la igualdad, es en suma —allí donde se vuelve más definida— la
lucha por el socialismo, importando poco los calificativos que a él se adhieran o los plazos que se establezcan para su
consecución.
Al examinar, pues, el movimiento y las tendencias de los procesos de democratización que están en curso en
América Latina, me veo obligado a considerar esos elementos referenciales y a moverme en un marco que, a primera
vista, parece exceder con mucho el tema de este trabajo. Ello se compensa por el hecho de que me enfrento a una
limitación ineludible: al tomar como objeto de análisis a América Latina, renuncio necesariamente a captar toda la riqueza
y singularidad de los distintos procesos nacionales, que sólo de manera parcial son reductibles a un esquema global de
interpretación y que, en casos extremos, escapan totalmente a él. Es por esto que las luchas democráticas que se libran
en los países de Centroamérica caben mucho menos aquí que los que se desarrollan en el Cono Sur, y que la
democracia revolucionaria nicaragüense queda totalmente fuera de mis preocupaciones.
Una advertencia final: al emplear términos como democratización o redemocratización, no estoy haciendo ningún
juicio de valor sobre lo que ocurre en la región y ni de lejos pretendo que estén encaminados a hacer realidad la idea de
democracia a que me he referido. Aludo simplemente al cambio de gobiernos militares por gobiernos civiles y a la puesta
en marcha de mecanismos destinados a crear o restablecer instituciones estatales representativas.
EL IMPERIALISMO Y LA RECONVERSIÓN
La redemocratización latinoamericana se enmarca en la ofensiva desatada por Estados Unidos para, a la vez que
enfrenta la crisis internacional, reestructurar en provecho propio la economía capitalista mundial. Guardadas las
* Fuente: Ruy Mauro Marini, “La lucha por la democracia en América Latina”, en Cuadernos Políticos, Nº 44, Ediciones Era, México,
julio-diciembre de 1985, pp. 3-11. Ponencia presentada en el seminario "Democracia y paz en América Latina", promovido por el
Sistema Universitario Mundial, México, 11-12 de noviembre de 1985. Más información sobre Ruy Mauro Marini disponible en:
http://www.marini-escritos.unam.mx/
proporciones y respetadas las diferencias, la situación tiene puntos en común con la que se presentó tras el fin de la
segunda guerra mundial. En aquel entonces, como potencia hegemónica y siguiendo el ejemplo de lo que hiciera Gran
Bretaña en el siglo XIX, Estados Unidos pudo imponer al mundo el liberalismo económico, creando las instituciones
encargadas de garantizar su aplicación. El dinamismo y el poder que ostenta la más significativa de esas instituciones —
el Fondo Monetario Internacional— son una prueba de cómo la economía norteamericana, ante nuevos males, recurre a
viejos remedios.
Hoy, como ayer, Estados Unidos está interesado en restablecer las bases de una división internacional del trabajo
que permita la circulación plena de mercancías y capitales. La presión que ejerce sobre los países de América Latina va,
pues, en el sentido de fomentar sus exportaciones, lo que implica en mayor o menor grado una reconversión productiva
que no sólo respete el principio de la especialización según las ventajas comparativas, sino que abra mayor espacio al
libre juego del capital, reduciendo la capacidad intervencionista del Estado. En la perspectiva de ese proyecto neoliberal,
comienza a diseñarse el futuro que el capitalismo internacional reserva a la región: una América Latina integrada aún
más estrechamente a la economía mundial, mediante su transformación en economía exportadora de nuevo tipo, es
decir, una economía que, al lado de la explotación más intensiva de sus riquezas naturales, refuncionalice su industria
para volverla competitiva en el mercado exterior.
Para todos los países, esto implica la destrucción de parte de su capital social; sobre todo en la industria, pues sólo
ramas con ventajas comparativas reales o que absorban alta tecnología y grandes masas de inversión aparecen como
viables en esa nueva división del trabajo. Se comprende así que la destrucción sea más drástica en países como Chile,
Uruguay y aun Argentina que en Brasil o México (aunque este último, por la cercanía a Estados Unidos, se vea
amenazado de una casi anexión). La reconversión implica también la redistribución del capital social en favor de los
grandes grupos industriales y financieros, redistribución que se extiende a aquella porción hoy en manos del Estado, por
lo que no sorprende que el FMI plantee como cuestión prioritaria la reducción del déficit público, uno de los instrumentos
más efectivos a ese efecto. Para las masas, el precio de la reconversión es la agravación de la superexplotación del
trabajo y la generalización del desempleo, cualquiera que sea su forma, como resultado de la destrucción de parte del
capital social aunada a la rápida elevación de los niveles tecnológicos actuales.
La imposición de un proyecto de esta naturaleza no pudo hacerse fácilmente a través de las dictaduras militares que
Estados Unidos contribuyó a crear en América Latina, a partir de la década de los sesenta. En la medida en que supone
el achicamiento del Estado, por la reducción de su base económica y la limitación de sus funciones, dicho proyecto
contraría los intereses de las Fuerzas Armadas, cuya condición material de existencia es el aparato estatal mismo. Pero
hay otras razones. Una vez constituidas, las dictaduras militares formularon proyectos nacionales que, si no amenazaban
el esquema de seguridad internacional de Estados Unidos, creaban constantes conflictos en su seno, ya sea por su
nacionalismo exacerbado, que provocó más de una amenaza de conflicto en la región y acabó por generar un
acontecimiento como la guerra de las Malvinas, ya sea por la pretensión de los gobiernos castrenses de lograr acceso a
cierta autonomía en el plano internacional, como se vio sobre todo en el caso de Brasil. Más grave aún, las Fuerzas
Armadas se mostraron incapaces de construir regímenes políticos estables, lo que constituía al fin y al cabo la misión
prioritaria que les había asignado Estados Unidos.
Todo ello llevó a que el imperialismo norteamericano decidiera propiciar cambios institucionales que pudieran
aplicarse sin poner en riesgo los sistemas de dominación vigentes, al tiempo que utilizaba nuevos instrumentos de
presión para imponer su proyecto de reconversión económica. La imposición de los intereses de Estados Unidos a
América Latina abandonó gradualmente los medios de acción político-militares —la Casa Blanca, el Pentágono, el
Departamento de Estado— para ejercerse más activamente a través de canales como el Departamento de Comercio, los
grupos privados y, naturalmente, el FMI. Esa tendencia se vuelve dominante a partir de 1980, cuando Ronald Reagan
llega al poder y se afirma definitivamente tras la bancarrota mexicana y brasileña de 1982.
Cabe señalar que el cambio de la política exterior norteamericana hacia América Latina no implicó el abandono de la
doctrina de la contrainsurgencia, en que aquélla se funda, como tampoco de la atención que concede a las Fuerzas
Armadas. Se trata de un cambio de énfasis, que opera diferencialmente según la zona o la situación específica de cada
país. Así es como, para Centroamérica la redemocratización se articula con la militarización, cual puede apreciarse en El
Salvador, Honduras, Guatemala, Panamá y aun Costa Rica, mientras que en el Cono Sur el apoyo a los procesos de
democratización excluye a Paraguay y no se extiende todavía a Chile.
Como quiera que sea, el sometimiento de los gobiernos de la región al proyecto económico norteamericano se
encuentra todavía en proceso y se realiza en medio de resistencias y conflictos. Son muchos los intereses contrariados,
global o parcialmente, por la reconversión, hecho que, por sí solo, hubiera exigido ya, en los países en cuestión, la
apertura de espacios de lucha, es decir, procesos de redemocratización. Tanto más que la reconversión abrió brechas en
el bloque burgués-militar, constituido a partir de los años sesenta, al tiempo que incentivó el ascenso de los movimientos
populares. La suerte de la redemocratización actualmente en curso depende en una amplia medida del desenlace de
esas contradicciones y enfrentamientos.
LA CUESTIÓN DEL CUARTO PODER
En esta perspectiva, conviene examinar la situación de las Fuerzas Armadas. El rechazo que provocaron por parte de
la sociedad, debido a su desempeño en la dirección del Estado, las llevó a renunciar al ejercicio directo del poder, pero
no parece haberlas conmovido en su motivación ideológica y política más profunda; tampoco ha mellado
significativamente su unidad interna. Aunque visibles hasta cierto punto, las posiciones diversas que en ellas se observan
no han conducido a la configuración de luchas faccionales abiertas, que más bien han tendido a resolverse en
convivencias y complicidades.
Esto, que contribuyó de manera decisiva a que la transición a gobiernos civiles se hiciera de manera pacífica, difiere
considerablemente del patrón de conflicto interno en las Fuerzas Armadas que prevalecía antes de los regímenes
dictatoriales y se debe, en parte, a la responsabilidad institucional que les cabe en los hechos creados entonces, desde
la política económica antipopular hasta el uso de la violencia. Pero el comportamiento relativamente monolítico de los
militares, en la actual coyuntura, tiene una causa de carácter más estructural: su reforzamiento ideológico, a partir de la
adopción de la doctrina norteamericana de la contrainsurgencia en los años sesenta. Tal doctrina les permitió fundar
sobre bases más sólidas su concepción de las instituciones armadas como garante fundamental de los intereses del
Estado (identificados como seguridad nacional), y llamadas por ello a ejercer un papel no sólo tutelar, sino también
conductor respecto a la sociedad.
Sin embargo, la ideología y la doctrina de las Fuerzas Armadas no se encuentran hoy exactamente en el mismo pie
que en la década de los sesenta. Esto se debe, en cierta medida, al cuestionamiento a que la doctrina de la
contrainsurgencia fue sometida por la propia élite militar y civil de Estados Unidos, tras la derrota de Vietnam, y a las
reformulaciones que esta élite llevó a cabo, particularmente después del ascenso de James Carter a la presidencia. La
consecuencia de ello fue cierta desazón en las Fuerzas Armadas latinoamericanas y un aliento inesperado a los
movimientos democráticos que surgían en la región, los cuales alcanzan entonces sus primeros triunfos. Pero fue la
guerra de las Malvinas lo que llevó ese proceso a su punto crítico, precipitando la evolución del pensamiento militar
latinoamericano hacia nuevas elaboraciones.
La doctrina de la contrainsurgencia suponía una cierta concepción de la correlación de fuerzas y de los intereses en
presencia en el plano internacional, de la que derivaba la idea del papel auxiliar de las Fuerzas Armadas de América
Latina en el esquema del poder del imperialismo y, en contrapartida, la acentuación de su vocación de policía, es decir,
de guardianes del orden interno. El conflicto entre países que integraban el mismo campo de fuerzas y el alineamiento de
Estados Unidos contra América Latina, en la guerra de las Malvinas, fueron hechos que, aunados a la posición asumida
por soviéticos y cubanos, dieron al traste con el concepto de seguridad hemisférica y cuestionaron la idea de la división
del mundo en dos bloques. Ello significó poner en duda el supuesto geopolítico más general en que se basaba la
doctrina de la seguridad nacional, subproducto latinoamericano de la contrainsurgencia.
En estas condiciones, era inevitable que las Fuerzas Armadas apuraran la reformulación ideológica en que se
encontraban ya empeñadas, tanto más que —después de los encontrones del periodo de Carter— la política
internacional de Estados Unidos acentuaba, con Reagan, su nacionalismo y tendía a plantear la reconquista plena de su
hegemonía, sin miramientos para con sus supuestos socios. El ascenso del movimiento democrático en América Latina y
la adhesión que empezó a recibir de sectores burgueses hicieron aún más urgente esa reformulación.
Desde 1982, comienza a observarse una reorientación del pensamiento militar latinoamericano, en dos direcciones:
poner de nuevo en el centro de las preocupaciones de las Fuerzas Armadas su capacidad de respuesta ante eventuales
agresiones externas y pensar esa capacidad como parte de una acción más amplia que, trascendiendo a los militares,
involucrara al resto de la sociedad. Así se revertía el orden de prioridades hasta entonces adoptado.
El cambio de los años ochenta no implicó la renuncia a la doctrina de la seguridad nacional, aunque modificó el
ordenamiento y el énfasis de los elementos que la componen, al tiempo que alteró la forma como los militares conciben
su relación con la sociedad civil. Esto hizo incluso que la doctrina fuera más aceptable para las Fuerzas Armadas de
países que, insertos en contextos institucionales relativamente estables, habían asimilado más lentamente y con muchas
resistencias internas los planteamientos doctrinarios de los años sesenta. Cabe mencionar, en particular, a Venezuela y
México, en especial el último, que tiene una historia marcada por conflictos a veces agudos con Estados Unidos y que
alimenta gran desconfianza en cuanto a los objetivos estadounidenses en Centroamérica. No es sino después de la
guerra de las Malvinas que los jefes militares mexicanos empiezan a asumir como suya la doctrina de seguridad
nacional, ligándola explícitamente a la defensa de la riqueza petrolera del país, fenómeno que se acentúa en la Armada,
debido a que parte sustancial de esa riqueza está en la plataforma submarina.
En el Cono Sur, sobre todo en Brasil, cuna de esa doctrina, el viraje ideológico de los militares les permitió ponerse a
tono con el ascenso del movimiento democrático. Pero les planteó también un problema: el de cómo hacerse un lugar
adecuado en el esquema institucional y político que remplazaría a las dictaduras. En realidad, esa cuestión se configura
desde los años setenta, al iniciarse las luchas democráticas y al producirse los primeros enfrentamientos con Estados
Unidos. Comenzó a gestarse entonces una estrategia que trataría de aplicarse plenamente en los años ochenta, en el
momento en que el doble movimiento de la ideología militar del fortalecimiento del frente democrático exigió una solución
inmediata.
Es necesario señalar que, pese al carácter tenso y hasta conflictivo que marcó las relaciones entre las dictaduras
latinoamericanas y Estados Unidos, bajo Carter, el gobierno norteamericano no sólo propició esa estrategia sino que le
proporcionó elementos de elaboración. El nuevo equipo de intelectuales, encabezado por Brzesinski, que ocupó los
puestos de asesoría y mando en Washington tenía como misión restablecer el prestigio internacional del país,
fuertemente sacudido por la derrota de Vietnam, por los conflictos con sus aliados europeos y por el avance de los
movimientos revolucionarios en Asia, Africa y Medio Oriente. Admitiendo que Estados Unidos se hallaba a la defensiva,
ese equipo planteó la conveniencia de promover un cambio de imagen en la política exterior, restableciendo en ella la
retórica de los valores democráticos y de los derechos humanos. Con ello, el gobierno abandonó el fomento a los golpes
militares y el apoyo abierto a las dictaduras. Pero no modificó su preocupación en cuanto al imperativo de contar con
regímenes estables y confiables en los países de su área de influencia y de ahí provino precisamente el reproche
principal a los militares latinoamericanos, que se mostraban incapaces de asegurar esa estabilidad y confiabilidad.
La preocupación norteamericana —que, por lo demás, trascendía a América Latina para extenderse a los mismos
países avanzados— se traducía en la búsqueda de principios y mecanismos que proporcionaran gobernabilidad a las
democracias, según la fórmula de uno de los ideólogos en boga, Samuel Huntington. En la versión que le dio el
Departamento de Estado, el concepto de "democracia gobernable" dio lugar a la consigna de "democracia viable",
entendida como un régimen de corte democrático-representativo tutelado por las Fuerzas Armadas. Observemos que
ese modelo no constituía una verdadera ruptura con la doctrina de la contrainsurgencia, la cual establecía que, tras las
fases de aniquilamiento del enemigo interno y de reconquista de bases sociales por las Fuerzas Armadas, debería
seguirse una tercera fase, destinada a la reconstrucción democrática.
La elaboración ideológica norteamericana venía al encuentro de la que realizaban los militares latinoamericanos, en
su esfuerzo por adaptarse a los nuevos tiempos. En Brasil, particularmente, donde se iniciara, desde 1974, una
distensión dentro del régimen, sus ideólogos militares y civiles recurrían a una tradición del país, que concedía
históricamente a las Fuerzas Armadas atribuciones de afianzamiento, supervisión y control en relación a los poderes del
Estado. En esa línea, se apelaba a la constitución política del periodo monárquico, que rigiera por casi setenta años en el
siglo XIX, la cual consagraba una forma estatal de cuatro poderes, sobreponiendo al ejecutivo, legislativo y judicial el
poder moderador, ejercido personalmente por el emperador. Este poder —razonaban los ideólogos de la dictadura—
derivaba de que el monarca tenía en sus manos el supremo mando militar, con lo que, al terminar la monarquía, el poder
pasaba automáticamente a las Fuerzas Armadas.
Casuismos aparte, la vida política brasileña de los años setenta y principios de los ochenta va a caracterizarse por el
esfuerzo de los militares para mantener la iniciativa y el control del proceso de liberalización, con vistas a arribar a una
reformulación institucional que les asegurara formalmente una posición en tanto que cuarto poder del Estado. El ejercicio
de ese poder quedaría en manos de los órganos corporativos de la institución castrense, a nivel de estado mayor, y de
los aparatos de inteligencia, pero tendría su instancia máxima en el Consejo de Seguridad Nacional. Fórmulas similares
inspiraron la Constitución propuesta en referéndum por los militares uruguayos, a principios de los años ochenta, y que
fue rechazada, así como el pliego de exigencias presentado por los militares argentinos en vísperas de abandonar el
poder, el cual no fue atendido.
Lo sucedido en Uruguay y Argentina y el fracaso relativo del último gobierno castrense de Brasil (que debió ceder
prematuramente, según su propio calendario, el poder a los civiles, sin garantizar formalmente su propia posición en el
Estado) no deben sin embargo llevar a engaño: ello representa más la derrota de ciertas facciones militares y de sus
estrategias particulares que el fracaso definitivo de las Fuerzas Armadas en sus pretensiones de crearse un espacio
propio en la nueva institucionalidad que se está gestando en América Latina. Es posible que la correlación de fuerzas en
las luchas actuales no favorezca la fórmula del Estado de cuatro poderes, tal como se planteó en la segunda mitad de los
años setenta. Pero el problema de la institucionalización del poder militar, vale decir, la definición formal del papel de las
Fuerzas Armadas en el nuevo Estado, sigue en pie.
En este sentido, los militares siguen contando con el apoyo de Estados Unidos. Bajo Reagan, la política exterior
norteamericana para América Latina, aunque ha restablecido el énfasis en la cuestión de la seguridad, ha seguido
favoreciendo la implantación de democracias viables en la región y se ha empeñado directamente en ello en
Centroamérica. Pero esa convergencia de intereses de Estados Unidos y las Fuerzas Armadas latinoamericanas no
oculta el hecho de que éstas se oponen, en cierta medida, al proyecto de reconversión económica planteado por aquel
país particularmente —aunque no sólo por esto— en lo que se refiere a su intención de debilitar el aparato estatal en la
esfera económica. Es por allí que pasa también lo principal de las divergencias existentes hoy día entre las fuerzas
armadas y las burguesías latinoamericanas.
EL PROYECTO BURGUÉS
Inspiradora y principal beneficiaria de los regímenes militares, la burguesía comenzó a separarse de ellos a cierta
altura del proceso, para plantearse la conveniencia de asumir la gestión directa del aparato estatal. Influyó para esto el
aumento del costo del manejo de la cosa pública, derivado de la intermediación militar y agravado por la corrupción que
las dictaduras propiciaban (lo que, si bien beneficiaba a distintos grupos burgueses, desaprovechaba al conjunto de la
clase). Influyó también el hecho de que las fuerzas armadas buscaron inclinar en favor de sus propios proyectos las
políticas estatales, no siempre totalmente coincidentes con los intereses más generales de la burguesía (como, por
ejemplo, en el caso de Brasil, el excesivo énfasis atribuido a la conquista de la tecnología nuclear). Pero el factor
determinante fue el surgimiento y desarrollo de los movimientos democráticos populares, que mostraron la incapacidad
de los regímenes militares para promover una estabilidad política duradera.
La burguesía, que viera con hostilidad y recelo ese movimiento, acabó por adherirse a él. Pero no se limitó a la
adhesión: bregó afanosamente por asumir su conducción ideológica y política, procediendo, previamente, a su propia
unificación mediante un gran acuerdo entre sus distintas fracciones. El éxito obtenido en esa empresa favoreció el
carácter pacífico asumido por la transición y permitió que la creación de una nueva institucionalidad se hiciera en un
marco de relativa continuidad, orientándose hacia la concertación de un pacto social capaz de restituir legitimidad al
sistema de dominación y al Estado.
La concreción del pacto social ha quedado sujeta, sin embargo, a la definición del proyecto burgués para la
reorganización de la economía y del Estado. La burguesía ha planteado, en este sentido las líneas básicas de su
propuesta: la reconstrucción de la democracia parlamentaria y la edificación de un Estado neo-liberal. En su retórica,
esas dos líneas aparecen confundidas en una sola, siendo corriente en su discurso el uso de consignas liberales
aplicadas a la solución de cuestiones democráticas. En la práctica, se trata de orientaciones distintas, aunque
orgánicamente vinculadas, que generan problemas claramente diferenciables en sus relaciones con las demás fuerzas
sociales y políticas.
Desde el punto de la reconstrucción democrática, la burguesía pone el acento principal en el fortalecimiento del
Parlamento, donde puede con facilidad obtener mayoría, directamente o por mediación de la élite política a su servicio.
Choca, por un lado, con los militares, inclinados, como vimos, a institucionalizarse en tanto que cuarto poder del Estado,
por encima de los tres poderes tradicionales. Choca, por otro, con el movimiento popular, que —sin oponerse
propiamente a la revalorización del legislativo— tiende, a partir de su experiencia reciente, a la idea de una democracia
participativa, que privilegie a las organizaciones sociales respecto al Estado y las convierta en órganos de decisión y
control en las cuestiones que interesan directamente a los distintos sectores del pueblo.
En lo que atañe al liberalismo, la burguesía lo toma como arma para privatizar en su beneficio el capital social hoy
en manos del Estado y limitar la capacidad de regulación de que dispone el Ejecutivo, ya sea transfiriendo partes de sus
atribuciones al Parlamento, ya sea apropiándose ella misma de la otra parte en nombre de los derechos sagrados de la
iniciativa privada. Encuentra, aquí también, cierta oposición de las fuerzas armadas, que retiran su savia del Estado y en
especial del Ejecutivo, así como la desconfianza del movimiento popular, el cuál vacila aún entre la defensa de la
propiedad estatal y la búsqueda de nuevas formas de propiedad social, ligadas a la cooperación, la cogestión y la
autogestión.
Las dificultades que enfrenta la burguesía para plasmar en la esfera política sus intereses se acentúan en relación a
la definición e implementación de su proyecto económico. La crisis que vive la región concurre decisivamente para ello,
en la medida en que, como toda crisis, agudiza las contradicciones de clases y propicia enfrentamientos internos en la
misma clase dominante; tanto más cuanto que la crisis no representa un mero fenómeno cíclico dentro de un dado patrón
de reproducción del capital, sino más bien la ruptura del patrón vigente y el esfuerzo difícil de gestación de uno nuevo.
Vimos ya que América Latina enfrenta el proyecto de reconversión económica planteado por Estados Unidos, cuya
concreción implicaría para ella reasumir el papel de economía exportadora que desempeñó antes en el sistema
capitalista y renunciar, pues, al intento de desarrollo auto-centrado, que inició en los años treinta. Existe, naturalmente,
una diferencia fundamental en la situación que se quiere crear y la que rigió en el siglo XIX: al contrario de ayer, América
Latina está hoy obligada a nivelarse internacionalmente en materia de productividad y de tecnología, cualesquiera que
sean las ramas —agrícolas, mineras o manufactureras— que aseguren su vinculación al mercado exterior. Ello no hace
sino agravar los problemas creados por la reconversión, al plantear de manera aún más drástica la supresión de ramas
enteras de actividad —y por ende la destrucción del capital social correspondiente y de los sectores burgueses allí
implantados—, así como la extensión del desempleo abierto o disfrazado para amplios contingentes de trabajadores.
Es comprensible que la gran burguesía industrial y financiera —agente y gestora natural de la reconversión— se
enfrente a rebeldías y resistencias que la obligan a entablar con Estados Unidos una negociación difícil, de cuyo
resultado depende en gran medida la preservación de su sistema de dominación. La presencia de las Fuerzas Armadas
en el conflicto es un factor adicional de complicación, en la medida en que la reconversión amenaza en muchos aspectos
su base económica de poder, sobre todo cuando pone en entredicho la posibilidad de desarrollar industrias como la
bélica, la nuclear, la informática, en los países de mayor desarrollo relativo, pero también, para los demás, la mecánica y
la metalúrgica. Hay que considerar en fin que la gran burguesía misma no siempre coincide con las directrices fijadas por
el proyecto norteamericano, ambicionando la ocupación de espacios que éste muchas veces le está vedando.
El grado de desarrollo económico del país y su posición en la economía internacional, la configuración que presenta
la lucha de clases, el peso específico de la gran burguesía en el sistema de dominación, la importancia relativa que tiene
para cada nación la carga de destrucción implícita en la reconversión: todo ello está contribuyendo a establecer los
niveles de enfrentamiento con Estados Unidos y a propiciar soluciones particulares en materia de política interna,
particularmente en lo que se refiere a las alianzas de clases. En los extremos, se perfilan dos situaciones-limite. En Perú,
la convergencia de la burguesía, las Fuerzas Armadas y amplios sectores del movimiento popular en el legado aprista,
que enfatiza el papel del Estado, y en su seno en el Ejecutivo, sobre la base de un pacto social definido en términos
netamente reformistas y antimperialistas. En Brasil, la alianza entre la gran burguesía y las Fuerzas Armadas —
pendiente todavía la cuestión de si el eje del Estado pasará por el Congreso o el cuarto poder— para restaurar, sobre las
bases de la democracia representativa, la legitimidad del Estado y, mediante una política neodesarrollista, preservar en
cierta medida la posibilidad de una economía autocentrada.
En todos los casos, los procesos de redemocratización que están en curso en América Latina se desarrollan bajo la
hegemonía burguesa y amenazan con frustrar al principal protagonista de los movimientos antidictatoriales que hicieron
posibles tales procesos: el pueblo. Entender por qué esto es así es preguntarse si, en un futuro cercano, la situación
podrá ser diferente; lo que es, a fin de cuentas, la razón de ser de esta reflexión.
LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA
El movimiento popular viene de una derrota histórica, que significó para él el desmantelamiento de sus vanguardias
y el sacrificio de sus cuadros y dirigentes. El fin de las dictaduras ha sido, en buena parte, obra suya, en especial merced
a los combates que libró en los últimos ocho años. Pero en él concurrieron también otros factores, como vimos
anteriormente, cuya fuerza y presencia las fuerzas populares intuyen, sin que —melladas en su capacidad de análisis y
elaboración táctica por la destrucción de la izquierda— sean capaces de identificarlos con claridad para, a partir de ahí,
trazarse una línea de acción. Peor todavía: su desarrollo reciente ha dividido y dispersado a las fuerzas populares,
creando obstáculos para que puedan proyectarse en el plano político con su fuerza real; lo que las lleva a manifestarse
como movimiento tan sólo en coyunturas críticas.
La división y dispersión del campo popular fueron impuestas por los militares, en su afán de suprimir cualquier tipo
de oposición organizada. Reprimidos y perseguidos, los ciudadanos se refugiaron en sus últimos reductos, aquellos de
los cuales no se les podía expulsar: la fábrica, la vivienda, la escuela, para iniciar desde allí un esfuerzo de resistencia a
la violación de sus derechos y, luego, de defensa abierta de estos. Ello supuso una labor de organización por la base del
movimiento popular, que le permitiría, en el futuro, empeñarse en las grandes campañas democráticas.
La sustentación social endeble de las dictaduras y el conjunto de factores nacionales e internacionales que
conspiraron contra su permanencia aceleraron el curso del proceso y llevaron a resultados que rebasaban con mucho la
capacidad real de acción del movimiento popular. Este, debió ingresar, pues, en una nueva etapa antes que su proceso
de renovación y reestructuración estuviera cumplido. Mucho de su accionar quedó ligado a sus intereses inmediatos,
corporativos, sin llegar a aquel punto en que estos se trastocan en objetivos sociales y políticos de alcance más general.
La sustitución de sus viejos dirigentes por los nuevos cuadros forjados en las luchas de resistencia todavía no había
culminado cuando debió continuarse en la nueva etapa, con lo que sus distintos sectores perdieron unidad de dirección.
La complejidad de los elementos que forman el movimiento popular y la transformación reciente de sus condiciones
de vida, aún no asimilada como experiencia, hicieron el resto. Esto se aplica tanto a las nuevas clases medias
asalariadas, que se ampliaron notablemente en los últimos años a costa de la burguesía mediana y pequeña o de la
misma clase obrera, como al proletariado industrial, que debió asimilar nuevos contingentes urbanos y rurales en
proporciones desmesuradas. Pero se aplica también al proletariado rural y al campesinado pobre, así como a los estratos
medios y pequeños de la burguesía.
Es por ello el ascenso del grado de organización y combatividad de las masas de América Latina, particularmente
notable desde el último tercio de los años setentas, no ha sido suficiente para neutralizar la ofensiva ideológica y política
de la gran burguesía. Esta ha podido intervenir en un momento en que la conciencia crítica del pueblo respecto al
sistema que lo oprime y explota apenas comenzaba a aflorar y sólo en algunos sectores de punta esbozaba una
respuesta radical. La burguesía asumió las aspiraciones populares y da ahora su respuesta, que las diluye y deforma,
ofreciendo reformas liberales ahí donde comenzaban a plantearse exigencias de participación, democracia y socialismo.
Pero no hay fenómeno en la vida social que no tenga dos signos. Si la experiencia molecular y marcadamente
reivindicativa del movimiento popular se constituyó en factor negativo para su unificación, al momento de inicio de la
redemocratización, le proporciona, en cambio, las premisas para una estrategia de lucha por el poder y para un proyecto
nuevo de sociedad. Al lado de sus organizaciones tradicionales, como los sindicatos, el movimiento popular cuenta con
órganos de todo tipo, que debió crear para asegurar su derecho a la vivienda, al transporte, al abastecimiento, a la
distribución de luz y agua, los cuales le confieren una capacidad insospechada para comprender, manipular y controlar
los complejos mecanismos de producción y circulación de bienes y servicios. Así, cuando la burguesía le plantea hoy un
modelo de sociedad que pretende traspasar a la iniciativa privada esos mecanismos o ponerlos bajo la tutela de un
Estado centrado en el parlamento, donde ella es soberana, el movimiento popular está en condiciones de contraponer su
propio esquema de organización social, basado en la organización de los ciudadanos en torno a sus intereses
inmediatos y en su participación directa en las instancias pertinentes de decisión.
Habrá, quizá, que plantearse una fase intermedia, dictada por la correlación de fuerzas, y que consiste en convertir
esos órganos de democracia participativa en instrumentos de presión y control sobre el aparato de Estado, antes de
lograr acceso al nivel pleno de la toma de decisiones. Pero, aun así, ello abre al movimiento popular un camino propio,
independiente, entre las posiciones de la burguesía y de las Fuerzas Armadas en torno al problema de la privatización
del Estado. La experiencia de los pueblos latinoamericanos les ha enseñado que la concentración de poderes en manos
del Estado, cuando éste no es suyo, sólo refuerza la máquina de opresión de la burguesía. Debilitarlo hoy, restarle fuerza
económica y política, no puede, pues, sino interesar en el más alto grado al movimiento popular, siempre y cuando ello
implique la transferencia de competencias, no a la burguesía sino al pueblo. Por ello, frente a la privatización o la simple
estatización, el movimiento popular plasma sus intereses en la propuesta de un área social regida por el principio de la
autogestión y por la subordinación de los instrumentos de regulación del Estado a las organizaciones populares.
En la lucha por su propuesta democrática, el movimiento popular necesita más que nunca de su unificación en el
plano social y de la reconstitución de sus direcciones políticas. La reorganización de la izquierda es hoy un imperativo
para que la idea de democracia, tal como se ha abierto paso en la conciencia popular latinoamericana, se convierta en
realidad. En ello, naturalmente, la responsabilidad mayor es de la izquierda misma. A ella le cabe reflexionar sobre la rica
experiencia que ha sido la suya, en estos años, sacando las lecciones que allí se encierran, y abrirse sin prejuicios de
ninguna especie a la comprensión de la evolución real del movimiento popular, en el periodo reciente. El otro camino, el
de la discusión doctrinaria, que la izquierda se ve tantas veces tentada a trillar, no le abre perspectivas reales de
desarrollo.
En ese proceso cabe, sin duda, repensar la tendencia que ha sido la de la izquierda de los años sesenta en el
sentido de privilegiar las tareas económicas en la lucha revolucionaria, el uso del Estado como factor primordial de
transformación y la visión del hombre primariamente como entidad socioprofesional. La realidad última de la lucha de
clases adviene del proceso productivo y no está en discusión la definición del individuo como obrero o campesino. Pero
obrero o no, campesino o no, el individuo es hombre o es mujer, es blanco, indio o negro, es un animal que requiere
condiciones ecológicas adecuadas a su sobrevivencia, entre muchos otros aspectos. Como tal, le es lícito y necesario
participar en movimientos y organizaciones centrados en exigencias particulares y específicas, aunque sólo en un plano
recobre su unidad, sólo allí reintegre sus distintas facetas en un todo indivisible: en cuanto ciudadano, miembro integral
de la sociedad política. En un mundo dividido en clases y grupos, no le es dada la participación directa como ciudadano
en la sociedad y en el Estado, pero sí como miembro de un partido político que se proponga abolir esas clases y marchar
hacia la supresión del Estado.
Partidos y organizaciones sociales no son entidades antagónicas; son, por el contrario, fenómenos referidos a
distintos ámbitos de la vida real, a distintas dimensiones e instancias de la participación del individuo en la sociedad.
Contraponerlos en la óptica autonomista, o jerarquizarlos y subordinarlos entre sí, al viejo estilo de la izquierda, no puede
sino obstaculizar a unos y otras y conducir al individuo y su práctica social hacia la desintegración. Asumir su desarrollo
interdependiente y armónico apunta, inversamente, a la recuperación del hombre integral en su diversidad y riqueza y
permite aspirar a la construcción de una sociedad que le ofrezca el amplio espacio que él requiere.
Éste es el reto que está planteado a la izquierda latinoamericana y que, si responde bien a él, le permitirá triunfar allí
donde otros han fracasado: formular un proyecto independiente y alternativo al simulacro de democracia que pretende
imponer la burguesía. No se puede prever todavía su diseño, que deberá surgir de las luchas concretas que se están
librando. Pero, aunque rechazando las trampas con que la burguesía busca confundir las aspiraciones de las masas, tal
proyecto, habrá de rescatar las conquistas históricas que las masas han logrado ya en el seno de la sociedad burguesa.
Del mismo modo, descartará los planteamientos dogmáticos y sectarios que hacen de la unidad punto de partida, al
revés de —comenzando por el reconocimiento de las tendencias políticas y corrientes ideológicas existentes— hacer del
pluralismo el criterio fundamental de una práctica social libre y solidaria.
En tal proyecto, democracia y socialismo reasumirán su verdadero significado, que hace de una la contrapartida
necesaria del otro, y se plantearán no sólo como visión prospectiva de un orden social deseado, sino también y sobre
todo como expresión programática de lo que mueve a los hombres en su vida todos los días.



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